viernes 5 de octubre de 2007


Cuidado con la pendiente
Pablo Salvat
Director del Magíster de Ética Social y Desarrollo Humano de la U. Alberto Hurtado

DESDE EL 29 DE AGOSTO pasado, día de la manifestación de la CUT, una cierta pendiente se dejó ver en el trato político hacia el derecho de manifestación y/o reclamo ciudadano. Lo mismo puede decirse de una lectura de la violencia ocurrida el 11; el epítome negativo de lo que ahí se inició fue la muerte de un joven carabinero. Esa cierta forma de ver las cosas -esa pendiente- para el abordaje de estos sucesos se ha inclinado por ahora hacia una suerte de maridaje entre represión y paternalismo asistencial. No es algo nuevo en la historia política del país. Lamentablemente, fue la forma simplista de ver los conflictos y las posiciones sociales diversas del régimen militar durante tantos años.

La discusión al respecto viene de antes. Está en el tapete desde los permisos o no a la CUT para marchar por la calle como expresión de descontento por el que llaman modelo neoliberalizante de conducción económica. El motivo para impedir la manifestación era muy poco moderno: debido a que ciertos malos elementos podían infiltrarse, entonces papá-Gobierno o papá-Estado -casi siempre alentado por la derecha, claro está- impidió la marcha por la Alameda u alguna otra calle y designó por sí y ante sí los lugares en que podían reunirse. A quienes insistieron, les mostraron el peso inflexible de la autoridad, mediante la acción de carabineros y fuerzas especiales, los cuales, pese a sus esfuerzos (hay que reconocerlo) de modificar su estatus de acción en las calles para este tipo de hechos, muchas veces en su proceder -y vestimenta- nos retrotraen a épocas ya pasadas. Y, atención, no estamos hablando de la represión de la delincuencia, del matonaje o del vandalismo, sino del trato hacia ciudadanos y ciudadanas con liderazgo o ciudadanos y ciudadanas comunes y corrientes.

¿Para qué está la política y los
ciudadanos si no es para pensar,
inquirir, indagar sobre cómo
marchan las institucioneso las
políticas públicas?

Un segundo momento de expresión de esto fue para la marcha de las agrupaciones de derechos humanos el domingo 9 de septiembre, a quienes se impidió pasar por el lugar que pedían. ¿Resultado? Vergonzosa detención de dos de sus dirigentas más conocidas, Mireya García y Viviana Díaz. Verlo por la televisión fue difícil de entender. No se entiende qué argumento podría darse sobre su “peligrosidad” o si ellas andaban haciendo “desórdenes”. A fin de cuentas, gestos políticos difíciles de aceptar si se trata de una modernidad político-democrática; es decir, de aceptar la búsqueda y la expresión de una autonomía relativa de las personas y los grupos en el uso de los espacios públicos, sin necesidad de tutelas estelares, provengan éstas del poder establecido o de otra estirpe. Plantear que no podemos ocupar los espacios públicos porque no sabemos cómo hacerlo o porque casi siempre se cuelan tipos indebidos es justamente volver al trato de menores de edad. Menores y agentes peligrosos fuimos considerados durante largos 17 años, en los cuales toda política era vituperada y mal vista, salvo -claro está- la ejercida desde el poder cívico-militar y desde sus “ayudas” en la sombra, la Dina -CNI. Por lo mismo, con dureza, en secreto y luego a plena luz, se dio una lucha para recuperar nuestra condición de ciudadanos interdictos.

Un tercer momento de expresión de esta -es de esperar- ocasional pendiente, fue para los actos del 11. De nuevo, se solicitaron los permisos para circular por ciertas calles; de nuevo se negaron y sólo se permitieron expresiones condensadas y representativas de los grupos que querían homenajear a Allende o a los demás caídos ese día. ¿Motivo? El año pasado un anarquista tuvo la pésima idea de intentar ponerle fuego al palacio; es decir, por uno que se sale de sus cabales, tenemos que pagar todos. Por el mal ejercicio de los derechos de parte de un grupo, se suspendió para todos. Buena lógica ésta. Este tercer acto terminó mal; lo sabemos. En esa noche, las consabidas efusiones de protesta fueron acompañadas de manifestaciones de fuerza -léase armas- si se quiere inéditas o poco comunes y la muerte de un carabinero. De inmediato, las lecturas del suceso: hacía falta más represión e Inteligencia, más asistencialismo paternalista.

¿Nuestros concentrados medios de comunicación y las elites no podrían reflexionar algo más sobre el “orden” existente? ¿Sobre si cualquier orden social, por el hecho de serlo, es justo y bueno? ¿No les interesa? ¿Acaso todos estos sucesos, desde el 29 de agosto en adelante no nos hablaron de cierta incapacidad inscrita en la cultura política pública, en particular desde el golpe de Estado hasta ahora; por ejemplo, referidas al trato que le hemos dado al conflicto entre puntos de vista, evaluaciones sociales, miradas socioculturales? ¿Por qué la conflictividad -elemento esencial de todo orden dinámico (y no de un cementerio) debe conllevar una amenaza -incluso de muerte para otro? ¿No deberíamos interrogar al orden socioeconómico y político que tenemos hasta ahora para ver si existen elementos que puedan contribuir a este tipo de situaciones?

¿Puede soslayarse la evolución de nuestras instituciones sociales, en particular las injustificables desigualdades en acceso a ingresos, poder, salud, pensiones o estima de las que goza el decil minoritario de la población, ante las apreturas, los sacrificios, las deudas, la débil vida cultural, falta de seguridad, barrios segregados de los demás deciles que habitan el país? Cuidado. No estamos diciendo, como más de alguien podría creer -según la lógica del blanco y negro- que con esta reflexión estamos “justificando” lo que pasó con el carabinero la noche del 11. Para nada. Al revés. Tenemos que pensar en el país y la sociedad de modo radical; es decir, ir a la raíz de nosotros, a nuestras formas de vida y a nuestras estructuraciones político-sociales y jurídicas para quizá encontrar allí pistas de por qué es previsible que sucesos como los vividos hace muy poco se repetirán. Sí, es cierto: hay narcos, pasta base y pandillas. Pero, de nuevo, ¿para qué está la política y los ciudadanos si no es también para pensar, inquirir, indagar sobre cómo marchan las instituciones, las relaciones sociales o las políticas públicas y ver si en ellas no hay también co-causales que ayudan a explicar esos fenómenos? ¿O lo veremos sólo como manifestación de individuos enfermos, desviados, productos del azar genético o la imperfección de los mercados? Con todo -y es preocupante-, lo sucedido muestra un enorme “hoyo negro” que señala la débil vida en común entre nosotros. Pero no, pues. Lo importante son las medidas punitivas, de Inteligencia, la manipulación emocional que ejerce la televisión y la prensa escrita. La sociedad no es corresponsable de nada. La política y los suyos, tampoco. Ya podemos entonces dormir tranquilos...