martes 15 de abril de 2008

Fin de este blog.

Por cambio de mando, este blog ya no será el blog oficial de la carrera ni del CECPRI, y por respeto a la nueva administración, dejaré de postear aquí.
Espero entiendan estos motivos, y muchas gracias a quienes contribuyeron con sus columnas y opiniones.

jueves 29 de noviembre de 2007

El abuso de poder en el campo de los derechos sociales nos habla acerca de herencias y falencias del modelo económico y de hábitos sociales que no contribuyen a superar asimetrías históricas.

El informe del Barómetro de Abuso de Poder, que divulgó Genera, da cuenta de la evaluación negativa que persiste en cuanto a la percepción de los abusos de poder en los derechos sociales. Ciertos datos exponen, por ejemplo, que tanto en 2005 como en 2006 se mantiene en 50% la experiencia de vulneración de estas garantías en la población consultada (en salud, educación, vivienda, previsión, trabajo). Segundo, sobre la representación del uso del poder, de acuerdo con los consultados, en torno a 40% lo concibe de modo negativo, vinculado con relaciones de desigualdad (16%), experiencias como abuso y corrupción (16%) y valores negativos como envidia y arrogancia (4%). El uso del poder es visto en términos positivos sólo en 18% de las menciones. Tercero, los consultados entienden este abuso como aprovecharse de una posición superior (en torno a 40%); 18%, con pasar a llevar derechos de la gente; 11%, como la expresión del uso de la fuerza para conseguir ciertos objetivos.

Una cuarta cifra interesante dice que cuando se pregunta por las responsabilidades en los abusos de poder, más de 60% relaciona las conductas con la política o cultura institucional del organismo que presta el servicio (en salud, educación, vivienda, previsión o trabajo). Se liga más a factores estructurales que a una mala experiencia vivida con un funcionario determinado. Sin embargo, en quinto lugar, un elemento positivo radiografiado es el aumento de la disposición ciudadana a reclamar cuando percibe como vulnerados sus derechos. Ello revela que tenemos -desde la herencia autoritaria y en la actualidad con la democracia limitada de las modernizaciones- prácticas institucionales e interpersonales que están atravesadas por la desigualdad, las injusticias, la discriminación y el maltrato. Es decir, por situaciones que pueden caracterizarse como una negación del reconocimiento del otro como "otro legítimo" al que asisten no sólo ciertos derechos, sino un trato acorde con un a dignidad humana común.

La percepción sobre una sociedad desigual y poco justa demanda otra mirada, en la que se puedan incorporar ingredientes de nuestra cultura política pública, de la ética social imperante -relaciones entre ciudadanos e instituciones- y su incidencia en la producción de esas situaciones vividas. La historia social del país está marcada por la existencia de una serie de hechos que se repiten, en los que se ponen de manifiesto signos de exclusión, discriminación o violencia sobre el otro, en particular si ese otro es mujer, indígena, pobre, analfabeto, inmigrante o adherente a proyectos de cambio.

El abuso de poder en el campo del usufructo de los derechos sociales nos habla acerca de herencias y falencias del modelo económico y de formas de convivencia marcadas por hábitos sociales que no contribuyen a superar asimetrías ya históricas: el autoritarismo, la impunidad, las discriminaciones, la falta de estima social que puebla el escenario decisional privado y público. Los resultados del barómetro confirman algo que hemos podido rastrear desde otros ángulos: la inexistencia entre nosotros de una moral igualitarista en el área de los lazos sociales e institucionales y las consecuencias previsibles de ello. Puede pensarse que no será una tarea simple modificar la conducta de instituciones y estructuras si al mismo tiempo las actitudes personales, corporativas y gremiales apuntan en sentido contrario; es decir, si se sigue procediendo como si hubiera gente de primera, segunda y tercera clase, y se sigue pensando que es algo bueno y conveniente que sea así.

Al parecer, estas situaciones no provendrían únicamente de los grupos más poderosos o los que tienen más prestigio. Si la falla es "geosocial", si está ligada a las formas de articulación entre los ciudadanos y personas entre sí -y las instituciones-, entonces podremos encontrar conductas y hábitos de discriminación y de maltrato en distintos escalones de la sociedad y en distintos oficios institucionales. Cada vez que cualquier conciudadano sienta que posee alguna cuota de poder, tendrá muchas veces la tentación de -como quizás hicieron con él- abusar en cierto grado de ese micro o macropoder como forma de "hacerse valer" ante el resto. Resulta importante poder evaluar estas situaciones para no evitarnos un juicio sobre las relaciones sociales dadas, sobre las instituciones que tenemos y la matriz a la que obedecen.

Las situaciones de abuso de poder, aunque se examinen en el plano de la práctica de organismos ligados con el cumplimiento de supuestos derechos sociales y aunque muchas veces exista la tendencia a verlos como desligados del uso del poder político, remiten indefectiblemente al tipo de sociedad que tenemos, al estado de su vínculo social y sus principios ordenadores. Cuando hablamos acerca del tipo de sociedad que tenemos, de la sociedad que queremos y sus principios ordenadores, nos encontramos hablando siempre de política, en particular de política democrática: del modo cómo resolvemos deliberativamente la manera de autoorganizar la vida en común.

Podría colegirse que el abuso de poder hacia parte importante de la población en relación con los derechos y tratos debidos, nos habla de los déficit que tiene nuestro proceso democrático, en particular sus capacidades de diseñar formas, medios e instituciones capaces de cubrir los derechos básicos en el terreno socioeconómico y cultural, lo cual parece mostrar que tenemos una política que, por ahora, va a la zaga de las posibilidades del modelo económico. Resultará contradictorio y/o poco viable una profundización democrática si no apuntamos al mismo tiempo a la conformación de una ética (un ethos) de la igualdad transversalizada.

* Pablo Salvat Bologna, doctor en Filosofía de la U. Católica de Lovaina y director del Magíster en Ética Social y Desarrollo Humano de la U. Alberto Hurtado.

jueves 1 de noviembre de 2007

El candidato del "Sí"

El candidato del "Sí"

por Hermógenes Pérez de Arce

De los del "Sí" quedamos pocos, pero existimos. Y no somos tan pocos como

algunos creen. Cuando el pueblo del "Sí" hizo muchas cuadras de fila, desde las seis de la tarde hasta la una de la madrugada, para dar su último adiós a don Augusto, algunos se sorprendieron, pero yo no. Pues ese mismo pueblo todos los días me para en la calle para decirme que no somos pocos.

Bueno, seamos los que seamos, el hecho es que hoy no tenemos candidato. Una vez lo fue Lavín, nos jugamos enteros por él y casi ganamos. Pero, la segunda vez, en plena campaña se nos fue para el "No". Se dejó lavar el cerebro y declaró que, con lo que sabía ahora, habría votado "No" en 1988. En cambio, los del "Sí", con lo que sabemos ahora, creemos que nunca tuvimos más razón que cuando votamos "Sí" en 1988. ¡Adiós, Lavín!

El otro, Piñera, siempre fue del "No" y sigue siéndolo. Muchos del "Sí" no votaron por él la otra vez ni lo harán ahora. Yo bebí del amargo cáliz, pero uno de más edad me dijo rudamente ya entonces y repite hoy: "A mí ya una vez me (palabra irreproducible) los DC, en 1964, y no me gustó". Pues los del "Sí" consideramos a Piñera como un DC más.

En todo caso, estamos reconfortados porque algunos, como Allamand, por ejemplo, vienen de vuelta. Y coincidimos con su tesis del desalojo, tanto que ya en febrero sostuve, en esta columna, que la Concertación no daba para más y debía irse.

Ahora, esto del "bacheletismo-aliancista" y de "creerle todo" a Bachelet no tiene pies ni cabeza. Ella ni siquiera le respeta el nombre a la Alianza, porque siempre la alude como "la derecha". Así cree y quiere insultarla. Por supuesto, a mí no me insulta, pues siempre he dicho ser de derecha. Pero algunos de los que buscaron llamarse "Alianza" preferirían que se les aludiera por ese nombre, por mínimo respeto. Motejarlos con otro es pura odiosidad. ¿Cómo puede haber, entonces, "bacheletismo-aliancista" si en la esencia del bacheletismo está el odio a la Alianza? ¿Que no recuerdan cuando ella asumió y nos advirtió: "cuando la izquierda sale a la calle, la derecha se pone a temblar"? Eso refleja su ser real. Y no ha cambiado. En el aniversario del "No", días atrás, dijo: "Ellos (la Alianza) sienten vergüenza de lo que son. En el fondo, quisieran ser lo que nosotros somos". Y remachó (después sacaron la frase de la versión oficial): "Nosotros podemos mirar a nuestros hijos a los ojos".

Lo dice ella, que hasta los años 90 estaba en el PAIS de los comunistas y no en la Concertación. Que vivía cercana al FPMR, el mismo que mataba y secuestraba (ver 19.06.03, "Dirigentes (del FPMR) insisten en pasado frentista de Bachelet"). Ahora ella dice que "los que disparan a carabineros disparan contra Chile". ¿Qué decía entonces? Pero Lavín "le cree todo". Bueno, según el diario de ayer, él ya es casi funcionario de Gobierno, y alineado con el sector de Velasco, contra el de Viera-Gallo.

En fin, el hecho es que los del "Sí" no tenemos candidato. Pero lo necesitamos. Alguien de una sola línea. Que no se haya dado vuelta la chaqueta. Preparado y con visión de estadista. Una persona a la cual todos consulten y cuya opinión, hecha una encuesta al respecto, resulte, por muy lejos, la más respetada.

¡Que no nos vengan con que no figura en las encuestas! No importa que, en un comienzo, no figure en las encuestas. El mejor candidato hace cambiar las encuestas. Lo hizo Jorge Alessandri el año 58.

Y los del "Sí" ya probamos que podíamos transformar a un país caótico, un verdadero Transantiago nacional, en ejemplo para los demás. Entonces, podemos volverlo a hacer.

Fuente: El Mercurio/www.hacer.org

miércoles 17 de octubre de 2007

Mensaje a los cristianos por Guillermo Marín V.

Mensaje a los cristianos

Guillermo Marín Vargas
Alumno de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Alberto Hurtado

He aquí gente que no solo se conformó con hacer una casita para ganarse un pedacito en el cielo, o para redimir una vida de pecado y explotación.

He aquí gente que lucho con convicciones cristianas, pero no pensando en el típico asistencialismo sínico de aquellos que viven en grandes palacetes y bajan a dar migajas a quienes no les toco la misma suerte.

He aquí grandes hombres que dedicaron su vida a idear maneras de hacer cambios, cambios que fueran en beneficio de aquellos mas desposeídos de la sociedad.

Y digo cambios porque para algunos, cristianismo y revolución o cristianismo y marxismo son doctrinas contradictorias, de hecho alguien dijo por ahí, después de un análisis un poco simplista a mi parecer, que la religión era “el opio del pueblo”, yo no lo creo tan así y bajo esta premisa Camilo Torres[1] nos plantea:

"Es absurdo pensar que comunistas y cristianos no pudieran trabajar juntos por el bien de la humanidad y que nosotros nos ponemos a discutir sobre si el alma es mortal o inmortal y dejamos sin resolver un punto en que si estamos todos de acuerdo y es que la miseria sí es mortal"

Creo que todos estamos de acuerdo con Camilo, la miseria es una realidad, realidad que en nuestro país a veces no es tan patente, ya que mediante informes que detallan en números el nivel de pobreza nos jactamos de ser uno de los países menos pobres de Latinoamérica.

Pero hay un tema que estuvo en la palestra de la opinión pública hace unas semanas, tema que se discutió mucho e incluso se creo una comisión para analizar las posibles soluciones.

La distribución del ingreso, problema que nos sitúa dentro de los peores países en mundo con respecto a este tema.

Por lo tanto podemos ver que en nuestro país si hay cosas por hacer, mas que una casa, mas que un aporte millonario a una fundación, debemos como jóvenes tener sed de justicia, sed de cambios , sed de una sociedad mas igualitaria. Con ese objetivo en la mira tanto creyentes como aquellos que dejaron de creer debemos trabajar día a día por lograr ese objetivo, el de tener un país justo, soberano, donde los ciudadanos sean los protagonistas de los cambios que en un futuro no muy lejano tengo la esperanza que sucederán

Palabras de Camilo Torres:

"El deber de todo cristiano es ser revolucionario,

y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución"



[1] Camilo Torres: Camilo formó parte de una iglesia contestataria internacional que se desarrolla en la década de 1960, convirtiéndose en una de sus figuras principales. El cristianismo bien entendido suponía, para Camilo, la creación de una sociedad justa e igualitaria. Esto lo tradujo como la obligación de hacer una profunda revolución, que despojara del poder a los ricos y explotadores (la oligarquía), para darle paso a una sociedad socialista.( http://www.marxists.org)

(Este artículo fue publicado originalmente en
politologosuah.blogspot.com el día sábado 6 de octubre de 2007)
Desigualdades y salario ético II

Pablo Salvat
Director del Magíster de Ética Social y Desarrollo Humano de la U. Alberto Hurtado

Asi como el tema del salario ético –puesto por M.Goic-, pide interrogarnos sobre la existencia d e niveles importantes de desigualdad entre los chilenos, aun cuando ha habido un crecimiento económico importante en el país, y cómo esos diferenciales terminan afectando la posición de cada cual en cuanto al acceso a libertades, derechos, poderes, estima social y capacidades, la irrupción de la pregunta misma por un salario “ético” hace saltar de su sitio mas de alguna creencia que pasa por evidencia en el plano de las relaciones entre economía, política y sociedad. Al menos nos pide, esa intervención obispal, abrirnos a la discusión de los limites que pueden y deben guardar entre sí la marcha de la economía, la función de la política y el punto de vista de la propia sociedad.

Es decir, nos introduce a una cuestión bastante más complicada y profunda que linda con los límites y sentidos del mismo proceso d e modernización en curso. En este proceso, en buena medida asumido estos últimos años desde una - en apariencia- nebulosa ideología de lo técnico y lo natural, que representa en verdad la expresión del anarcoliberalismo, se han ido asumiendo algunos temas económicos y sociales como propios de una verdad cuasi teológica. Y claro, si usted señor lector y yo,con otros nos ponemos a reflexionar en la expresión misma de salario “ético”, de repetirla una par de veces o mas terminaremos, probablemente, mirándonos y diciendo pero… qué tiene que ver una cosa con la otra¡ Es decir, justamente lo que han afirmado varios, desde el Parlamento o fuera de él, de aquello demandado por M.Goic: no sabe de economía; es un gasfíter en estos temas – se decia en los años ochenta-; por favor, nada tiene que ver lo ético con lo salarial. O, también, lo ético no es producto de una co-determinación mancomunada - racional y deliberativa- según pareceres y puntos de vista , sino más bien, un subproducto de aquellos precios que fija el mercado, y punto. Los precios y/o valores que fija este cuasi sujeto llamado mercado son per se éticos, y viceversa.

Pero, porqué un salario habría de ser ético? Entonces volvemos a un tema recurrente: que tiene que ver lo económico, el modelo, con lo ético, entendido como justificación de normas o visiones d el bien en el plano de la vida en común ¿ Aquí es donde salta la liebre. Si M.Goic hubiese hablado solamente de que hay salarios bajos o inadecuados, no se habría armado tal barullo. Pero dijo salario “ético”, y entonces encendió el polvorín que parecía tan adormilado en el cultivo de ciertas verdades que pasan por canónicas. El salario tendría que ser ético porque dejado a la pura espontaneidad del intercambio nadie se hace responsable de cómo resulte la distribución de los bienes y derechos, individuales y sociales. El mercado no seria ni justo ni injusto, sino a-moral; estaria más allá del bien y el mal. Eso es lo que al parecer quieren decirnos los adalides tout court del actual modelo económico. Y si ello es así, entonces el lugar que ocupe cada cual; los resultados que para cada cual tenga su inserción en el mercado es un asunto individual, particular, azaroso, imponderable, del que nadie puede hacerse co-responsable: unos ganan, otros pierden. Lo cual se aviene muy bien –por lo demás-, con la idea liberal de que el elemento básico de la sociedad es el individuo, concebido como un átomo, racional y maximizador. Gira en torno a sus propios intereses y busca su mayor rendimiento. Es la guerra de todos contra todos bajo ciertas reglas, y que, como en toda guerra, conlleva triunfadores y perdedores. Y sabrá cada quien en qué bando le ha tocado estar. La interiorización de este punto de vista está quizá a la base de la extrañeza por la conexión entre lo salarial y lo ético. Con lo cual, se abre la discusión hacia otro punto importante y complejo: la autonomización de la esfera económica tanto de los juicios –ético-morales-, como de la razón política democrática, y los eventuales límites de esta situación: una cosa es la economía, otra cosa es la ética ( claro, y otra la política). Y sin embargo, en cuanto personas y ciudadanos intuimos que el salario sí tiene que ver con lo ético, si esta última expresión se relaciona también con el valor de la vida, con las posibilidades d e vida; de una vida digna para todos. Un salario no-ético seria aquel que justamente impide una vida digna para cada uno que trabaja a lo largo y ancho del país. O, que impide la autorrealización de cada quien según sus planes de vida. Es decir, uno que reduce la libertad a mera libertad formal. Un salario ético ( es decir, justo) será aquel que nos permitiera pasar de la libertad formal al ejercicio de una libertad “real”. Pero nuestros neoliberales rechazarán que deba darse una intervención pública bajo criterios normativos en la dimensión de la economía, criticando por ejemplo, el derecho a aliarse entre sí y a reclamar o reinvindicar que tienen los trabajadores. La política y lo público sólo tienen que ocuparse de los derechos individuales y su garantía. No hay derechos “sociales”, entre los cuales se encontraría el derecho a percibir un salario más o menos justo o ético, es decir, uno que fuese capaz de llevar adelante una vida humana digna. De nuevo, una cosa es la economía, otra la política y otra, los trabajadores. Y,claro, en cierto sentido llevan razón en lo que afirman con tanta convicción si por ejemplo le damos crédito a un M.Weber cuando afirmaba que “ la economía de mercado como tal constituye la relación social práctica mas despersonalizada que pueda haber en el trato de unos hombres con otros. Allí donde el mercado funciona espontáneamente sólo se tiene en cuenta a las cosas, nunca a las personas: desaparece cualquier sentimiento de fraternidad y hasta de piedad, en eso consiste justamente la libertad de mercado libre, en carecer de cualquier norma ética”. El problema es que el supuesto liberalismo político pretende obviar estas implicancias del liberalismo económico, al naturalizarlo, y por lo tanto, al ir contra esa facultad humana esencial que es el poder hablar y actuar en conjunto sobe todos aquellos aspectos y dimensiones que tienen que ver con las posibilidades de una vida digna en común . Desde este punto de vista esta muy cerca de derivar en autoritario y tiránico incluso, por cuanto “la tiranía está caracterizada por la impotencia de los sujetos, que han perdido su facultad humana de actuar y hablar juntos” (H.Arendt). No es poca cosa entonces lo que ha destapado M.Goic con su -en aparencia-, inofensiva interrogación y afirmación

(Artículo publicado por primera vez el día 27 de agosto de 2007 en el diario La Nación)